dijous, 20 de març de 2014

Las facetas de nuestro cerebro social per Facundo Manes

Para los seres humanos la supervivencia depende, en gran medida, de un funcionamiento social efectivo. Las habilidades sociales facilitan nuestro sustento y protección. Si queremos entender a los seres humanos, la comprensión de las capacidades relacionadas con la sociabilidad cobra un rol fundamental.
Font: neurocienciaparapsicologos
El estudio sobre la cognición social tiene sus raíces en la psicología social, disciplina que procura entender y explicar cómo los pensamientos, las sensaciones y el comportamiento del individuo se ven influenciados por la presencia, ya sea real o imaginaria, de otras personas. Estudia al individuo dentro de un contexto social y cultural, y se centra en cómo la gente percibe, atiende, recuerda y piensa sobre otros, lo cual involucra un procesamiento emocional y motivacional.
Existen teorías que sostienen que el tamaño del cerebro se relaciona mayormente con el alcance del contacto social en cada especie. A partir de esto, muchos se han preguntado si la complejidad de nuestro cerebro no se debe
justamente a la complejidad social de nuestra especie. Otros investigadores postulan que el desarrollo de la capacidad de manipular a los demás (o el engaño táctico) fue crucial para la evolución de nuestro cerebro.
La cognición social incluye diversos procesos, tales como:
  • la “teoría de la mente” (se denomina así a la capacidad de inferir los estados mentales de otras personas -incluyendo sus intenciones y sentimientos- y de darse cuenta que los otros tienen deseos y creencias diferentes a las nuestras),
  • la empatía,
  • el reconocimiento de expresiones faciales,
  • el procesamiento de emociones,
  • el juicio moral
  • la toma de decisiones.
Dado que la conducta social tiene demandas únicas, se tiende a pensar que posee sistemas cerebrales especializados. La conducta social requiere de:
  1.  una identificación muy rápida de los estímulos y signos sociales (tales como el reconocimiento de las personas y su disposición hacia nosotros),
  2. una importante y necesaria integridad de la memoria (para recordar quién es amigo y quién no lo es en base a nuestra experiencia pasada),
  3. una rápida anticipación de la conducta de los otros,
  4. la generación de múltiples evaluaciones comparativas.
Por otro lado, los desafíos cognitivos requeridos para la interacción social parecen ser diferentes de aquellos requeridos para los objetos -no humanos-. Una interacción apropiada con otro ser humano necesita de un reconocimiento inicial de que quien está enfrente es otra persona, diferente de uno mismo y con un estado psicológico interno diferente.
A partir de allí, debemos intuir las motivaciones internas, los sentimientos y las creencias que subyacen a su conducta teniendo en cuenta, además, que los estados mentales de cada individuo se enmarcan en características más estables de la personalidad.
Finalmente, uno debe tener en cuenta cómo es que nuestra conducta influye sobre la de la otra persona, tanto para actuar de una manera socialmente apropiada como para intentar persuadir o influenciar el estado mental del otro.
La cognición social se relaciona con el resto de las capacidades cognitivas con el objetivo último de guiar nuestra vida en sociedad, con estrategias a veces involuntarias y automáticas y muchas veces debajo de los niveles de nuestra conciencia.
En el famoso cuento de Edgard Allan Poe,  La Carta Robada, el célebre detective Auguste Dupin descubre el enigma que un batallón de policías no había podido resolver. ¿Cómo lo logró?, le preguntan asombrados. Él les explica que hizo simplemente lo que una vez vio hacer a un niño que adivinaba una y otra vez en qué mano sus compañeros tenían escondida una bolita: saber que el otro puede pensar y sentir distinto a uno, comprenderlo y actuar en consecuencia.

En mayor o menor medida, de eso se trata ser humano.

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